Entonces la pregunta no es solo política. Es nuestra. ¿Vamos a seguir resistiendo… o vamos a empezar a cambiar algo?

Por: Melitza Yanzich
Analista Política y Social
¿Podríamos decir que estamos frente a un desánimo social o ante la típica resiliencia mal entendida por la población? En medio de esta nueva crisis electoral, en nuestro país se percibe un desánimo sobre algo que debe de incomodarnos, pero sobre todo preocuparnos. Llama la atención el comportamiento de los peruanos, en su mayoría, seguir como si nada pasara. Cumplimos, trabajamos, resolvemos. Pero, en el fondo, muchos ya no creen que su voz cambie algo. No es indiferencia total… es un cansancio generacional que se ha vuelto parte del día a día y que no avista soluciones reales en el desarrollo y prosperidad de toda una nación que las merece.
Y eso es muy riesgoso. Porque la democracia no siempre se rompe de golpe; a veces simplemente se va vaciando. ¿Qué quiere decir esto? Que con pequeñas acciones, mientras menos desapercibidas pasen, se va debilitando hasta resquebrajarse.
La historia, si bien es cierto, nos recuerda acontecimientos, pero tiene como principal propósito la enseñanza y ya lo mostró. Podemos remontarnos siglos atrás, cuando el Primer Triunvirato romano no nació para fortalecer instituciones, sino para repartir poder. Funcionó mientras les convenía. Cuando dejó de hacerlo, todo se quebró. No es un episodio lejano ni ajeno: es un recordatorio de que la política, muchas veces, opera desde intereses antes que desde principios, y sin embargo, seguimos actuando como si eso no fuera evidente.
Hoy, en el Perú, esa lógica no ha desaparecido, al contrario, se ha normalizado. Cambian los nombres, cambian las formas, pero el fondo persiste. Eso explica parte del desánimo.
Pero no todo, porque también hay otra cara, una resiliencia muy peruana, especialmente visible en los jóvenes. Ciudadanos que, incluso con un Estado que no articula, con una educación deficiente en infraestructura y calidad, con oportunidades laborales limitadas y grados de informalidad superiores al 70% siguen adelante. Crean, se adaptan, empujan. No porque sea fácil, sino porque no queda otra.
El problema es cuando esa resiliencia se vuelve costumbre. Cuando resistir, reemplaza exigir. Cuando salir adelante, como se pueda, termina siendo la única regla. Ahí es donde entra algo más incómodo, pero a la vez retador: la valentía. No la de aguantar, sino la de no conformarse, la de dar un paso de espectador a accionador.
Pero no es fácil, y menos si la política es percibida como “turbia”. Externalizar nuestra peruanidad no debería ser solo orgullo, sino responsabilidad. No podemos condenar a la sociedad que somos, ni mucho menos a las venideras a repetir lo mismo. Un presidente elegido correctamente no gobierna para unos cuantos, ni para ideas aisladas, gobierna para todos.
Y eso implica coherencia, pero también algo básico que solemos olvidar: hacer respetar la supremacía de la ley, porque sin ella, no hay sistema que funcione. Y cuando la ley pierde peso, aparecen las salidas paralelas. La informalidad, por ejemplo, que muchas veces celebramos como ingenio, es en realidad una respuesta obligada a un Estado que complica más de lo que ayuda.
Entonces la pregunta no es solo política. Es nuestra. ¿Vamos a seguir resistiendo… o vamos a empezar a cambiar algo?

































