Yo me resisto a aceptar ese destino. Por eso, seguiré creyendo que vale la pena pedir algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan difícil: que antes de votar miremos más allá de nuestros miedos, nuestras simpatías y nuestros rechazos; que evaluemos las propuestas; que conozcamos las trayectorias; que analicemos los equipos de trabajo; y que votemos pensando no solamente en quién queremos derrotar, sino también en quién queremos que gobierne el Perú

Por: Carla Mares (*)
https://carlamares.com/
«¿Qué pasaría si te dijera que el mayor aliado de un candidato no es su plan de gobierno, sino el odio que despierta su adversario?»
Muchos peruanos dicen que votarán contra Keiko. La pregunta es: ¿ya revisaron con la misma exigencia a favor de quién están votando?
La ciencia política lleva décadas estudiando un fenómeno bastante común: muchas veces los ciudadanos no votan tanto “por alguien” como “contra alguien”. El miedo, la indignación, la esperanza o el rechazo suelen pesar más que la lectura atenta de un plan de gobierno.
Pareciera que muchos recuerdan perfectamente los errores de Keiko Fujimori, e incluso los de su padre; pero pocos se detienen a examinar con igual atención el historial, las alianzas, las propuestas y las contradicciones de quienes se presentan como la alternativa.
Y aquí es donde los planes de gobierno deberían cumplir su función. Un plan de gobierno no es un folleto publicitario. Tampoco es una colección de promesas diseñadas para ganar una elección.
Es, en esencia, un pacto social. Es el documento mediante el cual un candidato le dice al país qué piensa hacer, cuáles son sus principios, cuáles son sus prioridades y qué rumbo pretende seguir si llega al poder. Es, por decirlo de otra manera, el contrato que firmamos simbólicamente cuando depositamos nuestro voto.
Por eso, la coherencia sí importa. Cuando un candidato modifica propuestas fundamentales según el momento político, cuando determinadas promesas desaparecen entre la primera y la segunda vuelta, o cuando el discurso cambia dependiendo del público al que se dirija, los ciudadanos tenemos derecho a preguntarnos cuál es el verdadero plan.
Y también tenemos derecho a preguntarnos por las alianzas que se construyen en el camino. Roberto Sánchez formó parte de uno de los congresos con peor aprobación de nuestra historia reciente y fue ministro de Pedro Castillo cuando intentó dar un golpe de Estado.
Su partido integró una mayoría parlamentaria que, en numerosas ocasiones, actuó junto a Fuerza Popular. Sin embargo, en la campaña actual parece que muy pocos lo recuerdan.
Algo similar ocurre con sus acercamientos a sectores representados por Antauro Humala, una figura cuya visión autoritaria, segregacionista y radical debería formar parte de cualquier evaluación seria sobre las fuerzas políticas que rodean una eventual gestión de Juntos por el Perú.
Sin embargo, cuando una elección se convierte principalmente en una expresión de rechazo contra el adversario, muchas de estas preguntas dejan de formularse. Y ese es el riesgo.
Un ciudadano tiene todo el derecho de rechazar a un candidato. Lo que resulta peligroso es que esa animadversión se convierta en el único criterio para decidir.
Cuando eso ocurre, dejamos de examinar a quién tenemos delante. Dejamos de comparar propuestas, y de exigir coherencia. Y el plan de gobierno deja de ser un contrato con los ciudadanos, pues se convierte en una mera formalidad.
Quizá algunos consideren ingenuo insistir en la importancia de un voto informado, consciente y responsable; pero no pienso dejar de hacerlo. Esta encrucijada en la que vuelve a encontrarse el Perú no es nueva: la hemos vivido una y otra vez. Cada cinco años, nos enfrentarnos a la misma disyuntiva, atrapados entre el miedo, el rechazo y la resignación.
Tal vez precisamente por eso, necesitamos un giro de timón. Necesitamos volver a exigir que las propuestas importen; que los planes de gobierno se lean; que los candidatos sean evaluados no solamente por lo que prometen, sino también por lo que hicieron, por las personas que los rodean, así como por la coherencia que demuestran entre lo que dicen hoy y lo que ofrecieron ayer.
El día en que renunciemos a esa exigencia, el día en que aceptemos que las emociones sustituyan por completo al análisis y que los eslóganes reemplacen a las ideas, estaremos contribuyendo al deterioro de nuestra ya bastante mellada democracia. La desconfianza seguirá creciendo, el cinismo se convertirá en la norma, y el engaño dejará de ser la excepción, para transformarse en el método habitual de hacer política.
Yo me resisto a aceptar ese destino. Por eso, seguiré creyendo que vale la pena pedir algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan difícil: que antes de votar miremos más allá de nuestros miedos, nuestras simpatías y nuestros rechazos; que evaluemos las propuestas; que conozcamos las trayectorias; que analicemos los equipos de trabajo; y que votemos pensando no solamente en quién queremos derrotar, sino también en quién queremos que gobierne el Perú.
(*) Abogada por la Universidad de Piura
Doctora en Derecho Financiero por la Universidad de Navarra (España) y en Derecho Tributario por la Universidad de Bolonia (Italia)
Docente ordinaria e investigadora a tiempo completo en la Universidad del Pacífico
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