Por más que entendamos el cerebro, nada cambia si seguimos callando lo que nos pasa o mirando hacia otro lado ante lo que le pasa al otro. La verdadera apuesta, como leí en ese mismo círculo de reflexión, es que el sufrimiento del otro deje de sernos un sufrimiento ajeno. Eso empieza por algo simple: preguntar “¿cómo estás, de verdad?” y quedarse a escuchar la respuesta, sin juzgar, sin apuro, sin consejos de manual. A veces ese es el primer tratamiento

Por: Carla Mares
https://carlamares.com/
Casi todos conocemos a alguien: una amiga que dejó de contestar mensajes, un vecino que ya no sale de casa, un familiar que “no es el mismo de antes”. Y casi todos hacemos lo mismo: bajamos la voz, cambiamos de tema o esperamos a que pase solo. La salud mental es la pandemia silenciosa de nuestro tiempo, y ese silencio es parte del problema.
Tiene costos muy concretos. En el Perú hay familias que, sin saber cómo cuidar a un hijo con un problema psiquiátrico, terminan dejándolo en un albergue del Estado. No hablo de gente “mala”. Hablo de gente sola, sin información y sin apoyo, a quien nadie le enseñó qué hacer. Cuando el tema es tabú, las familias llegan a la crisis sin herramientas y sin red de apoyo.
Por eso, me quedó resonando una idea que leí hace poco: lo contrario de la salud mental no es la enfermedad, sino el silencio de uno y la indiferencia hacia el otro. El silencio de quien sufre y no se atreve a decirlo. La indiferencia de quien lo ve y mira hacia otro lado. Enfermarse no es el fracaso. El fracaso es que nadie se entere, o que a nadie le importe.
Y quizá por eso nos cuesta tanto entender lo que decía un psicoanalista al conmemorarse el Día Internacional de la Salud Mental: la salud mental también es poder angustiarse y estar triste. Nos hemos creído que “estar bien” es estar siempre bien, y no lo es. Sentir tristeza, miedo o cansancio no nos rompe, es parte de estar vivos. Lo que nos enferma es no permitirnos sentirlo.
De ahí la idea central: cuidar la salud mental no debería ser la respuesta a una crisis, sino un hábito cotidiano. Escucharnos, descansar, poner límites, pedir ayuda a tiempo, aceptar que a veces no estamos bien. Con el cuerpo lo entendemos: no esperamos a tener un infarto para caminar o comer mejor. Hay cuadros psiquiátricos con diagnósticos y causas complejas que necesitan atención especializada; pero el cuidado diario nos toca a todos, tengamos o no un diagnóstico.
Aquí entra la ciencia, que este mes nos dio una buena noticia. El Nobel de Medicina 2026 premió a Deisseroth, Hegemann y Nagel por la optogenética. Nagel y Hegemann trabajaron con una proteína de un alga unicelular, la channelrhodopsin-2, y en 2003 mostraron que podía introducirse en células humanas para generar impulsos eléctricos con luz; Deisseroth lo demostró en neuronas de rata en 2005. En lenguaje sencillo: lograron que unas neuronas respondieran a la luz como si tuvieran un interruptor. Con este método, se puede encender o apagar la actividad de células nerviosas individuales en un cerebro vivo.
¿Por qué importa este hallazgo? Porque durante décadas el cerebro fue una caja negra. Sabíamos que la tristeza persistente, el miedo o las adicciones existían, pero era muy difícil saber qué circuitos concretos intervenían. La optogenética permite ver cómo las neuronas moldean recuerdos, emociones y conducta en el cerebro vivo, y ha ayudado a identificar circuitos vinculados a trastornos neurológicos y psiquiátricos.
Entender esos circuitos es el paso previo a diseñar mejores tratamientos. Por ahora la técnica se usa sobre todo en laboratorios, y en la práctica clínica se explora, por ejemplo, para devolver la vista. No es una cura para la depresión, pero abre la puerta a comprenderla mejor. Ahí está su vínculo con todo lo anterior. Cada avance así nos recuerda que la salud mental tiene bases biológicas reales, que no es debilidad ni falta de carácter, y que merece la misma seriedad, inversión y empatía que cualquier otra rama de la medicina.
Pero la ciencia sola no basta. Por más que entendamos el cerebro, nada cambia si seguimos callando lo que nos pasa o mirando hacia otro lado ante lo que le pasa al otro. La verdadera apuesta, como leí en ese mismo círculo de reflexión, es que el sufrimiento del otro deje de sernos un sufrimiento ajeno. Eso empieza por algo simple: preguntar “¿cómo estás, de verdad?” y quedarse a escuchar la respuesta, sin juzgar, sin apuro, sin consejos de manual. A veces ese es el primer tratamiento.
Abogada por la Universidad de Piura
Doctora en Derecho Financiero por la Universidad de Navarra (España) y en Derecho Tributario por la Universidad de Bolonia (Italia)
Docente ordinaria e investigadora a tiempo completo en la Universidad del Pacífico
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