Casi nada, para un tenista que jamás quiso jugar ese deporte; aunque suene paradójico, él contaba con otros sueños y se enrola con las amarillas pelotas por la insistencia de su padre, al cual le agradece
Por: Nestor Díaz
El tenis mundial cuenta con la dicha de resaltar a una figura, un icono, una estrella que marca un antes y un después del deporte blanco. Se trata de Andre Agassi, el que desafía las leyes, los parámetros establecidos en los campeonatos de los noventa. Un juego que hasta hoy parece ser de clase A, con uniformes generalmente de color claro e impecables, y tribunas llenas de cautos aficionados. Sin embargo, Agassi se “subleva” y se atreve a entrar al rectángulo con jeans, aros y delineador de ojos, por todo un torneo. Rompe el formalismo. Su padre, fanático del tenis, se propone que uno de sus cuatro hijos brillará con la raqueta y se convertirá en el número uno del mundo. Le obsequia su primera raqueta con tan solo dos años. Cuando Andre bordea los siete otoños, tuvo que golpear 2500 pelotas por día hacia una pared. Según los cálculos de su padre, serían un millón de golpes al año, lo cual significaba entrenamiento puro que más tarde será imparable. Así fue.
Agassi es el primer “atleta” en la historia que se corona con los siete títulos más prestigiosos en el tenis individual masculino: los cuatro Grand Slam, la Copa Masters, la medalla de oro olímpica y la Copa Davis. Es galardonado con ocho torneos de Grand Slam: cuatro Abierto de Australia (1995, 2000, 2001, 2003), dos Abierto de Estados Unidos (1994, 1999), un Campeonato de Wimbledon (1992) y un Torneo de Roland Garros (1999). Casi nada, para un tenista que jamás quiso jugar ese deporte; aunque suene paradójico, él contaba con otros sueños y se enrola con las amarillas pelotas por la insistencia de su padre, al cual le agradece. En su autobiografía Open, publicada en el 2009, narra: “Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. A pesar de ser ya una leyenda.
En uno de los pasajes de su notable carrera, empieza a perder cabello y sale a jugar con peluca, como en aquella final de Roland Garros de 1990, donde se desplaza con terror a que se le cayera, lo que limitó notoriamente sus movimientos y ante Andrés Gómez se escapa su primer Grand Slam. Tal acontecimiento lo revela en Open: “En la entrada en calor me puse a rezar, pero no por el deseo de ganar, sino para no perder la peluca en medio del partido. En todos los puntos imaginaba que mi cabello se caía al polvo de ladrillo y no quería que millones de personas en el mundo lo vieran por televisión y se sorprendieran por cómo se le había caído el pelo a Andre Agassi”. Sus propias palabras manifiestan el sinsabor, el trago amargo de aquella tarde envuelto en un disfraz por la exquisita apariencia y al mismo tiempo verse descubierto por todos los televidentes que su ídolo no era tal cual.
Las imágenes deben haber grabado al estadounidense, acariciar con disimulo su melena tratando de ajustarla con una mano y la otra golpeando la pelota con la raqueta ante el aplauso del respetable. Acontecimientos que solo les suceden a los que arriesgan; no importa si caen en la batalla, pero más tarde conquistarán algún astro. Rapado toca el cielo.
Andre Kirk Aghassian, de ascendencia asiria-armenia, vio la luz un 29 de abril de 1970 en Las Vegas, donde aún comparte su experiencia. El prodigio del tenis da sus novatos raquetazos (luego de la encomienda de su padre) en la academia Bollettieri, campus en donde entrenaban algunos de los futuros campeones. En la era profesional, su principal rival es Sampras, como Roger Federer y Rafael Nadal una década más tarde. Un cuarteto, si lo colocamos en estos tiempos, sería arrollador; de técnica, saque, derecha, revés, dirección, velocidad, efecto. Se dice que en el tenis la derrota duele más porque es individual; no hay equipo sobre el cual distribuir el peso. Pero la victoria debe ser suprema, no negociable. En línea con sus memorias, Agassi, sorprendentemente, siendo el mejor del mundo, nunca llegó a hacerlo del todo. Solo cuando utilizó el juego para otros, fundando su propia academia, allí palma su propósito: “Juego para recaudar fondos para mi escuela, y para darle visibilidad. Después de todos esos años, ya tengo lo que siempre había querido, algo por lo que jugar, algo que va más allá de mí y, a la vez, está estrechamente relacionado conmigo. Algo que lleva mi nombre, pero que no se limita a mí. La Andre Agassi College Preparatory Academy”. Sencillamente, un grande. ¡Centro al área y tú tienes el balón!





































