Exigir coherencia no es ser ingenuo: es lo mínimo que un ciudadano tiene derecho a pedir. Un plan de gobierno debe ser leído, cuestionado y recordado. Y cuando un candidato lo traiciona, incluso antes de llegar al poder, la respuesta más clara que tenemos es también la más simple: tomar nota y votar en consecuencia

Por: Carla Mares (*)
https://carlamares.com/
Cuando un candidato cambia de discurso según adónde sopla el viento, no está siendo flexible: está diciéndonos que su palabra no vale nada.
En el Perú de hoy, se habla mucho de planes de gobierno. Los candidatos los presentan, los medios los mencionan, los organismos electorales los exigen. Pero pocos se detienen a preguntarse qué es, en realidad, un plan de gobierno —y qué pasa cuando ese documento no significa absolutamente nada—.
Un plan de gobierno no es un catálogo de promesas bonitas ni un “brochure” de campaña. Es, en esencia, un pacto social: el candidato le dice al ciudadano en qué cree, cómo piensa gobernar, quiénes lo acompañan, y qué sacrificios debería estar dispuesto a asumir. Es el contrato que firmamos —metafóricamente— el día en que depositamos nuestro voto.
«Un plan de gobierno es el contrato que firmamos el día en que depositamos nuestro voto. Sin coherencia, ese contrato no existe.»
Cuando ese contrato se rompe —o nunca existió—, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales: la confianza. No una confianza ciega, sino la confianza razonada que permite a un elector decir: «Voto por esta persona porque sé qué representa y hacia dónde va».
El problema con Roberto Sánchez no es que haya cambiado de opinión sobre un tema puntual. Los políticos maduros reconsideran, aprenden, se adaptan a nuevas realidades. Lo que vemos aquí es otra cosa: un candidato que modela su discurso según la audiencia del día; que ayer era una cosa ante los empresarios y hoy es otra ante los sindicatos; y que incorpora en su equipo a figuras radicalmente opuestas entre sí, como quien llena un formulario. Es la política del espejo: le dice a cada quien lo que quiere escuchar.
Esto tiene nombre. “Zelig”, el personaje de Woody Allen que adoptaba la forma de quienes lo rodeaban, constituye una metáfora de la identidad perdida. En política, esa carencia de identidad no es una anécdota: es una advertencia. Aquel gobernante que no tenga convicciones propias no las tendrá tampoco cuando llegue al poder. Gobernará para quien más presione, para quien más pague, para quien más convenga en ese momento.
«La flexibilidad ideológica tiene límites. Pasados esos límites, ya no es adaptación: es cinismo.»
Conviene hacer una distinción importante. En democracia, los pactos y coaliciones entre partidos distintos son legítimos e incluso necesarios. Un gobierno de mayoría puede requerir el apoyo de fuerzas con visiones distintas; eso es gobernabilidad, e implica reglas claras, acuerdos públicos y responsabilidades compartidas. No es lo mismo que un candidato que cambia de piel según el auditorio, sin acuerdo, sin transparencia, sin coherencia alguna. Lo primero es política; lo segundo es engaño.
El cinismo electoral tiene costos reales. Erosiona la credibilidad de las instituciones. Aleja a los ciudadanos de las urnas. Alimenta la idea de que todos los políticos son iguales —y esa idea, cuando se instala, es el caldo de cultivo perfecto para el autoritarismo y la demagogia—.
Los peruanos hemos visto demasiado de esto. Hemos elegido presidentes que prometieron una cosa y gobernaron haciendo otra. Hemos asistido al espectáculo de equipos de gobierno que se contradicen en público, de ministros que ignoran el plan que supuestamente los convocó. Y conocemos el final de esa historia.
Exigir coherencia no es ser ingenuo: es lo mínimo que un ciudadano tiene derecho a pedir. Un plan de gobierno debe ser leído, cuestionado y recordado. Y cuando un candidato lo traiciona, incluso antes de llegar al poder, la respuesta más clara que tenemos es también la más simple: tomar nota y votar en consecuencia.
(*) Abogada por la Universidad de Piura
Doctora en Derecho Financiero por la Universidad de Navarra (España) y en Derecho Tributario por la Universidad de Bolonia (Italia)
Docente ordinaria e investigadora a tiempo completo en la Universidad del Pacífico
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