A quienes en unos días juren un cargo —presidenta, senador, diputado, ministro, funcionario— les queda esta pregunta pendiente, la misma con la que inicié esta columna: cuando termine su periodo —porque siempre termina—, ¿se van a poder ir en bicicleta?

Por: Carla Mares (*)
https://carlamares.com/
En un par de días juramenta un nuevo Gobierno en el Perú. Y lo hace, además, junto a un Congreso que vuelve a ser bicameral después de 34 años: 60 senadores y 130 diputados que esta semana ya prestaron juramento, y que desde el 28 de julio asumirán funciones. Es un buen momento para hacerse una pregunta incómoda: ¿para qué se quiere el poder que se está a punto de recibir? ¿Poder o servir? De esta elección depende casi todo lo demás.
En julio de 2024, Mark Rutte dejó de ser primer ministro de los Países Bajos después de catorce años en el cargo, el mandato más largo en la historia de ese país. Y se fue como había llegado: en bicicleta, sin escolta, saludando a la gente que salió a verlo partir del edificio de gobierno. No hubo caravana ni despliegue. Hubo, simplemente, un hombre que entendía que el cargo se termina y que uno debe salir de él tal como entró: en patrimonio, en estilo de vida, en actitud.
Vale una aclaración, porque sería deshonesto omitirla: hoy Rutte es Secretario General de la OTAN, y en ese rol ha sido cuestionado —desde distintos sectores— por lo que consideran una deferencia excesiva hacia Donald Trump. No comparto necesariamente esas críticas, ni las descarto; no es el tema de esta columna, y quien firma esto no se ubica en la ultraderecha, sino en una derecha que se quiere moderna y tolerante. Lo que rescato de Rutte no es su gestión posterior, sino un solo gesto, aislado y verificable: la forma en que decidió irse.
De otra parte, vemos la imagen de Daniel Ortega —presidente de Nicaragua desde 2007 tras el derrocamiento del dictador Somoza—, que anunció hace unos días que en su país no volverá a haber elecciones. Lo dijo así, en un discurso: para que la oposición no pueda “atrapar el gobierno, atrapar el poder”. Detengámonos en ese verbo, porque dice más que el resto del discurso. Uno no atrapa lo que ejerce por mandato temporal y en nombre de otros. Se atrapa una presa: algo que se resiste, que hay que cazar, que hay que inmovilizar para que no escape. Y lo que se atrapa, no se suelta. Ese verbo —elegido o no de manera consciente— resume una concepción entera del poder: no como una función prestada, sino como un objeto que se posee para siempre, al costo que sea necesario. Es exactamente lo opuesto a la bicicleta de Rutte. Y no hace falta irse tan lejos para reconocer esa lógica. Se reconoce cada vez que alguien que ejerce una función pública empieza a confundir el cargo con su patrimonio, el mandato con una posesión vitalicia, o la crítica ciudadana con un ataque personal que es preciso neutralizar.
“Servir” viene del latín “servire”, que a su vez desciende de “servus”. Es, literalmente, la misma raíz de “servidumbre”. Y lejos de ser incómodo, el dato es revelador: quien ejerce función pública de verdad se coloca en la posición de quien está a disposición de otro —no al revés—. El poder bien entendido invierte la lógica que uno esperaría: no es el ciudadano quien está al servicio del gobernante, sino exactamente lo contrario.
Por eso, buena parte de quienes hoy están en política, lo están por razones equivocadas: enriquecerse, acumular influencia para repartir favores, pagarle a quien financió la campaña, perpetuarse en el cargo, o simplemente buscar impunidad. Todo eso es lo opuesto de “servire”. Es la lógica de atrapar, no de servir. Quien no está en la función pública para servir, sencillamente, no debería estar.
Nuestro país necesita un Estado fuerte, capaz, eficiente —pero nunca obeso en su estructura ni desmesurado en sus funciones—. Un Estado que dé oportunidades y respete las libertades de todos, no uno que decida por la ciudadanía qué hacer con esa libertad. Y ese ejercicio sano del poder tiene una condición que no admite negociación: es temporal. Responde a quienes lo eligieron, a la labor que se le encomendó, y a millones de personas que esperan de ese trabajo la posibilidad de desarrollarse en todos los ámbitos de su vida. No al revés.
A quienes en unos días juren un cargo —presidenta, senador, diputado, ministro, funcionario— les queda esta pregunta pendiente, la misma con la que inicié esta columna: cuando termine su periodo —porque siempre termina—, ¿se van a poder ir en bicicleta?
(*) Abogada por la Universidad de Piura
Doctora en Derecho Financiero por la Universidad de Navarra (España) y en Derecho Tributario por la Universidad de Bolonia (Italia)
Docente ordinaria e investigadora a tiempo completo en la Universidad del Pacífico
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