El emblemático economista puso fin a su relación con el New York Times a fines del año pasado, alegando restricciones editoriales que sofocaron el espíritu original de sus columnas
Paul Krugman (Reuters)Paul Krugman, el economista laureado con el Premio Nobel en 2008, forjó su reputación durante veinticinco años como una de las voces más influyentes en The New York Times. Su columna, siempre incisiva y cargada de claridad, se convirtió en un faro para los lectores progresistas que buscaban un refugio ante lo que consideraban tibieza en otros espacios del diario. Pero cuando el académico decidió abandonar el periódico a finales de 2024, su partida se produjo con un silencio que, según algunos, era tan revelador como su obra misma.
En ese momento crucial de su vida del periódico, y en diálogo con el Columbia Journalism Review, Krugman describió su tiempo en el Times como un capítulo transformador, pero admitió que los últimos meses en la redacción lo llevaron al límite. “Me sentía atrapado en una lucha constante y había días de angustia”, confesó al periodista Charles Kaiser.
Sus palabras eran un eco del descontento que acumulaba desde que Patrick Healy, subdirector de Opinión, se convirtió en un editor más activo de sus columnas, alterando lo que Krugman describió como “el tono y el alma” de sus escritos.
El detonante fue el final de su boletín semanal en septiembre de 2024. Para Krugman, ese espacio representaba algo más que un canal de comunicación: era una forma de libertad editorial que se extinguió abruptamente. “Fue mi momento Network”, dijo, evocando la famosa frase de la película de 1976: ‘I’m mad as hell and I’m not gonna take it anymore’ (‘Estoy muy enfadado y no voy a aguantarlo más’).
Aunque Kathleen Kingsbury, editora de Opinión del Times, negó que el boletín hubiera sido eliminado de forma definitiva, lo cierto es que las condiciones ofrecidas para mantenerlo —como reducir la frecuencia de su columna a una vez por semana— resultaron inaceptables para Krugman
Kingsbury defendió los cambios en los procesos editoriales, alegando que, desde su llegada al puesto en 2020, todos los columnistas enfrentaban revisiones más exhaustivas. Esto, dijo, era un esfuerzo por mantener altos estándares tras la controversia que marcó la salida de su predecesor, James Bennet, quien renunció tras la publicación de un artículo polémico de Tom Cotton que abogaba por el uso de la fuerza militar contra manifestantes en 2020.
Sin embargo, Krugman no compartía esa visión. Su descontento radicaba en lo que consideraba intentos de “falsa equivalencia” y una presión constante para suavizar su estilo. “Patrick reescribía pasajes cruciales, y luego yo pasaba horas tratando de restaurar el sentido original. Era como una batalla interminable que dejaba las columnas sin vida, planas”, relató.
Desde que se unió al Times en el año 2000, Krugman no se limitó al ámbito económico, el tema que dominaba su columna. Durante la invasión de Irak en 2003, cuando gran parte de sus colegas apoyaban el conflicto, Krugman se convirtió en una de las pocas voces críticas. En marzo de ese año, escribió con claridad profética: “Las razones originales para hacer de Irak una prioridad inmediata se han derrumbado. No hay evidencia de un vínculo con Al Qaeda ni de un programa nuclear activo. Deponer a Saddam se ha convertido en una obsesión, desconectada de cualquier razón real”.
Durante la administración de Joe Biden, Krugman volvió a destacarse, señalando lo que consideraba un sesgo negativo de los medios hacia el presidente. “Si el precio de la gasolina sube a cinco dólares, eso está en todas las portadas. Pero si baja a tres, no hay ni una mención”, criticó. Para él, los logros de Biden —como la recuperación económica post-pandemia y los avances en políticas climáticas— fueron minimizados en medio de un clima mediático obsesionado con el regreso de Donald Trump.
La partida de Krugman del Times no marcó el final de su influencia. “Dejar el Times ha sido una liberación total; no tengo ningún arrepentimiento”, afirmó. Ahora escribe con mayor frecuencia en una plataforma que lo ha acogido y le da libertad total. Y, según sus propias palabras, se siente libre para incorporar humor, gráficos y un lenguaje más directo.
En un reciente artículo sobre California, Krugman defendió el modelo progresista del estado frente a los ataques de los conservadores pro-Trump, atrayendo a más de 180.000 lectores. Su boletín gratuito ya cuenta con 100.000 suscriptores y planeo lanzar una suscripción paga para contenido especializad, cosa que ya está operando.
“Estoy recibiendo retroalimentación de lectores que sienten que mi trabajo en Substack, el medio que lo acogió, es mucho mejor que las columnas que podía publicar en el Times”, compartió. En su nueva etapa, Krugman no solo está disfrutando de su libertad creativa, sino también construyendo una audiencia que valora la pasión y autenticidad que lo hicieron destacar desde el principio.
Mientras el New York Times moderniza sus procesos editoriales y redefine su voz institucional —reduciendo editoriales sin firma y eliminando apoyos políticos locales—, la salida de Krugman deja un vacío difícil de llenar. Para muchos, su marcha simboliza las tensiones inherentes entre la tradición y la adaptación en uno de los diarios más influyentes del mundo. Pero para Krugman, es simplemente el fin de un ciclo: un adiós sin remordimientos, pero lleno de nuevas oportunidades para decir lo que piensa, sin concesiones.
Por ello una digresión ene esta nota y es una nota del Nobel Krugman en El Perú, en el 2014, durante su ponencia en el Seminario Internacional «Nuevos Paradigmas en Competitividad«, en que destacó que gracias a las políticas económicas implementadas en la región los países sudamericanos han logrado «pasar la ola de la crisis», pero advirtió que Perú debe tener cuidado con la llamada «enfermedad holandesa».
Menciono que una adecuada política monetaria y fiscal estable, de modo que los países son menos vulnerables a la deuda externa. «Esto ha permitido que la región haya logrado pasar la ola de la crisis», manifestó.
Respecto a los altos precios que tuvieron los minerales y otras materias primas en los últimos años, Krugman mencionó que este factor por sí solo no explica el crecimiento económico regional, pero permitió a los gobiernos contar con un mayor margen de maniobra.
«Los precios elevados de los commodities ayudaron a la región, pero de ninguna manera son la razón del éxito económico. Sin duda, ha sido una buena época para los exportadores de commodities, pero ello no explica por qué creció tanto el Producto Interno Bruto (PBI)», dijo el economista, quien previó que se mantendrá la estabilidad de las políticas económicas.
«En ese sentido, pidió que se dejen a un lado las preocupaciones en torno a la disminución de los precios internacionales de las materias primas. «No hay que preocuparse por la caída de precios de los commoditites. Es necesario reconocer las mejores políticas económicas implementadas», subrayó.
Sin embargo, Krugman advirtió que la economía peruana sufre de la denominada «enfermedad holandesa», al estar dominada por los recursos naturales, poseer una moneda fuerte y tener una industria manufacturera no muy competitiva. En ese sentido, recomendó que Perú se preocupe más por tener una economía productiva y por aumentar la calidad de su educación en lugar de darle un valor agregado a sus productos, dado que su prioridad no tiene por qué ser convertirse en un país industrial manufacturero
Como se ve un punto de vista muy interesante.
Por ello y para completar la nota de este excelente economista aquí va una nota reciente sobre los países bajos escrita este 5 de mayo en que los holandeses tiene cosas bonitas. Y señala, que el se va a casa mañana. Y, que está volando a Newark, lo que podría ser un problema grave dado el caos del tráfico aéreo. La aerolínea dice que mi vuelo estará a tiempo, pero ¿debo creerles?
Aparte de eso, todo debería estar bien. No soy un investigador nacido en el extranjero, por lo que no debería tener ningún problema con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.
De todos modos, nuestros anfitriones locales nos llevarán a ver algunos lugares de interés, así que solo tengo tiempo para una breve publicación impresionista.
Robin y yo estamos actualmente en Leiden, que es una ciudad encantadora no muy lejos de Ámsterdam. Y después de pasar el día de ayer caminando, los dos nos sentimos deprimidos. ¿Por qué? Porque los holandeses tienen tantas cosas bonitas que nos negamos a nosotros mismos en casa. Sí, hemos pasado nuestro tiempo aquí en áreas prósperas y atractivas. Sé que hay zonas deprimidas en los Países Bajos, algunas de ellas no muy lejos de aquí. Aun así, no creo que esté mal decir que la vida de la mayoría de la gente aquí es bastante buena, con mucha menos gente en la miseria que en Estados Unidos. Y la vida no solo es menos desagradable y brutal; también es más larga, con una esperanza de vida holandesa 4 años superior a la nuestra.
La vida urbana es especialmente atractiva. Leiden, y me han dicho que muchas otras ciudades holandesas, es espectacularmente transitable, y la gente sí camina. También andan en bicicleta, gracias a los carriles exclusivos para bicicletas en todas partes y a una cultura en la que los desplazamientos y las compras en bicicleta son normales para personas de todas las edades.
Ah, por cierto, una tienda de computadoras en el centro de Leiden reparó rápidamente mi computadora portátil. Pero supongo que estoy peor según la Trumponomics. Al fin y al cabo, les pagué 80 euros y lo único que obtuve a cambio fue recuperar mi vida digital.
Más subjetivamente, la gente aquí no parece estar atrapada por la ansiedad política que ha infestado a Estados Unidos desde que Trump volvió a tomar el poder. Ayer fue el Día de la Liberación, que en los Países Bajos significa el día en que los nazis fueron expulsados por el ejército canadiense. — en lugar del día en que subieron las tarifas. Vimos la ceremonia con amigos holandeses, y fue hermosa y conmovedora. Es agradable estar en un país donde todo el mundo está de acuerdo en que los nazis eran malos.
Para ser justos, no puedo tomarme el pulso de los sentimientos especialmente bien, ya que una cosa desafortunada de los Países Bajos, desde mi punto de vista, es que la gente habla holandés. Pero mirar a nuestro alrededor es un recordatorio de que la vida en una economía avanzada puede ser agradable. Si los estadounidenses sienten que se tambalean al borde del abismo, solo podemos culparnos a nosotros mismos.
Todavía estoy ansioso por regresar a los Estados Unidos. De hecho, viajar termina por recordarme lo estadounidense que soy, lo mucho que amo las cosas buenas de mi país. Pero podríamos vivir vidas mejores de las que vivimos, y es triste que elijamos no hacerlo.





































