Ya como cereza en torta y hacen pocos días, al hacerme unos exámenes médicos de lo que llaman riesgo quirúrgico, la señora enfermera me dijo descubra su “pechito” que ahora le haremos el electrocardiograma. Luego en el laboratorio para el examen de sangre me urgieron a remangarme la camisa para sacar la muestra de su “bracito”. Felizmente el análisis no fue de orina

Por: Antero Flores-Araoz
Recuerdo con nostalgia, las enseñanzas que recibíamos en la universidad sobre el uso correcto del idioma, en que había que llamar a las cosas por su nombre, sin necesidad ni de aumentativos ni tampoco diminutivos.
Añoramos también los tiempos en que se usaba el masculino para nominar tanto a hombres como mujeres en conjunto y decíamos por ejemplo “esto es de importancia para todos”. Hoy en día tendría que decirse “esto es de importancia para todos y para todas” y no me extrañaría que incorporen también para “todes”.
Hasta en la Misa dominical el arzobispo de Lima, desde la catedral, da la bendición “a todos y a todas” y así podríamos seguir dando ejemplos de lo que se ha nominado el “idioma inclusivo”, en que se ha dictado normatividad legal para su uso en alocuciones y documentación oficial.
Seguramente a los reconocidos maestros de lengua y literatura como Luis Jaime Cisneros, Jorge Puccinelli, Luis Alberto Sánchez, José Miguel Oviedo o Washington Delgado, sin olvidar por supuesto a Martha Hildebrandt, les daría un síncope si escucharan las conversaciones habituales, diríamos hasta cotidianas, en que se abusa de los diminutivos.
¿Conoces a fulano de tal ante quien necesito una gestión? La respuesta fue “Es mi compadrito, soy padrino de su hijita, la mayorcita”.
Para el saludo es frecuente el “hermanito”, y también “cholito”, “zambito”, “chinito”, por lo cual también se horrorizan los que creen injustificadamente que ello constituye un agravio de motivación racista y no afectivo como en realidad lo es.
Para las comidas sucede lo mismo. Se pide un “cebichito” o un “tamalito”, un “cuycito” y también unos “chicharroncitos”. Además, los sabrosos alfajores pasaron a ser “alfajorcitos”. En el cine una agraciada dama le decía a su acompañante “corazoncito”, a quien seguramente envidiaron algunos.
En una librería escuché decir en caja, “estoy llevando estos libritos”. También en algunas invitaciones telefónicas te dicen, vente esta noche que celebraremos el santo de fulanito con una “comidita”, a lo que provoca responder, no me des una “comidita” que me quedaré con hambre, sirve por favor la “comida” o la “cena”.
En una zapatería vi a un caballero fortachón, de duros rasgos faciales y de porte atlético a quien la dependienta le urgía a probarse estos “zapatitos”, tratando el cliente de disimular su enojo pues se consideraba zapatón.
Una buena amiga disculpándose al no poder asistir a un ágape, dijo como excusa que estaría en un “viajecito”, con el agravante que el viajecito era nada menos que a París y con toda la familia.
Ya como cereza en torta y hacen pocos días, al hacerme unos exámenes médicos de lo que llaman riesgo quirúrgico, la señora enfermera me dijo descubra su “pechito” que ahora le haremos el electrocardiograma. Luego en el laboratorio para el examen de sangre me urgieron a remangarme la camisa para sacar la muestra de su “bracito”. Felizmente el análisis no fue de orina.
Comprenderán los apreciados lectores, que no siempre se puede escribir en serio y que a veces un toque de humor no cae mal.




































